Quebrado y sujeto a sanciones internacionales, el régimen de Nicolás Maduro está exprimiendo lo que puede de la devastada industria de combustibles del país, desencadenando un desastre ambiental en una de las naciones más ecológicamente diversas del planeta

Las lluvias tropicales han limpiado gran parte de los rastros del petróleo que devastó Río Seco este otoño. Pero el pueblo pesquero a la sombra del principal centro de refinación de Venezuela sufre las consecuencias de una contaminación más profunda aún.

Los barcos con sus cascos manchados de petróleo ahora deben adentrarse más en el Caribe para pescar. El crudo ha penetrado las raíces de los manglares cercanos, dejando estériles los criaderos naturales de los camarones. Al no ver futuro, docenas de pescadores y sus familias han huido de sus hogares; y quienes se quedaron deambulan en la aldea esperando a que Petróleos de Venezuela, la petrolera estatal conocida como PDVSA, compense la pérdida de embarcaciones, equipos y ventas.

Quebrado y sujeto a sanciones internacionales, el Gobierno del presidente Nicolás Maduro está exprimiendo lo que puede de la devastada industria petrolera de Venezuela, desencadenando un desastre ambiental en una de las naciones más ecológicamente diversas de la Tierra. A medida que los vastos recursos del país se convierten en una carga tóxica, Venezuela ofrece una visión sombría de lo que es el fin del mundo petrolero para un miembro fundador de la OPEP.

Río Seco es simplemente el último rincón del país que está pagando las consecuencias, luego que la ruptura de un oleoducto en alta mar produjera en septiembre un enorme géiser tóxico en medio de las zonas de pesca locales. El incidente solo salió a la luz después de que Nelio Medina, líder de un consejo de pescadores de la aldea, publicara un video de la catástrofe en las redes sociales, lo que provocó una protesta.

Está lejos de ser un caso aislado. En el pasado, se necesitaron protestas para obligar a la petrolera estatal a actuar, dijo Medina en una entrevista. Los barcos de pesca incluso han bloqueado las rutas marítimas hacia las refinerías, un movimiento drástico en un país conocido por perseguir a los disidentes. Sin embargo, la desesperación es real: Medina no ve fin a los problemas causados por los oleoductos en descomposición.

“Deberían haberlos reemplazado hace mucho tiempo”, dijo.La imagen en la noche revela la quema de gas (Bloomberg)

La imagen en la noche revela la quema de gas (Bloomberg)

Venezuela cuenta con las mayores reservas petroleras conocidas del mundo, pero tiene dificultades para producir gasolina, ya que las sanciones limitan las exportaciones de crudo que son la base de su economía y prohíben la importación de piezas esenciales para el mantenimiento de sus instalaciones. El resultado es una sucesión sin fin de derrames, escasez y aún más sufrimiento económico que afecta desproporcionadamente a los más pobres de los pobres, aquellos que no pueden unirse a los aproximadamente 5 millones de venezolanos que han huido a los países vecinos.

En noviembre, un viaje a la península de Paraguaná, hogar de las refinerías Cardón y Amuay de PDVSA, mostró cuán bajo ha caído Venezuela. Debido a la escasez permanente de combustible, los preparativos para un viaje de ida y vuelta desde la capital, Caracas, de poco más de 1.000 kilómetros coma incluyen la adquisición previa de gasolina suficiente para la ruta y un vehículo capaz de transportar los bidones necesarios.

Los contrastes entre la Venezuela del apogeo del petróleo y la del abandono de hoy están en todas partes. El complejo de Paraguaná fue alguna vez el más grande del mundo, y a principios de siglo sus refinerías eran exportadores tan influyentes en EEUU que incluso pequeños problemas de producción a menudo elevaban los futuros de gasolina. En la actualidad, solo dos de las seis producen algo.

El complejo tiene una capacidad de procesamiento de casi 1 millón de barriles por día. Sin embargo, ahora incluso el gas para cocinar es tan escaso que muchos residentes tienen que depender de la leña.

“No entendemos cómo con dos refinerías tan grandes junto a nosotros no tenemos gasolina o gas”, dijo Reina Falcón, de 69 años, mientras preparaba pescado para sus cuatro nietos y cinco bisnietos.

Falcón ha presenciado la decadencia de PDVSA desde cerca de las costas de la ciudad de un rancherío cercano a la refinería de Amuay. Al vivir tan cerca del complejo, le preocupa la salud y la seguridad de su familia: una explosión gigante en 2012 dejó al menos 42 muertos, y los incendios y las explosiones se han convertido en algo habitual desde entonces.

Los derrames también ocurren regularmente, y cada vez que Venezuela puede esquivar las sanciones y exportar algunas cargas en buques petroleros, como sucedió cuando un barco iraní cargó crudo este otoño, libera espacio de almacenamiento para comenzar a bombear petróleo través de tuberías con fugas. La más grande flotilla de petroleros de Irán hasta ahora está pautada para llegar a Venezuela.

Las mejores prácticas se fueron por la ventana hace dos décadas tras un golpe de Estado fallido y una huelga nacional contra el difunto Hugo Chávez, el presidente populista de Venezuela que renacionalizó la industria y acumuló deudas masivas incluso durante la era del petróleo a USD 100 por barril.

Los precios han caído bajo el Gobierno de Maduro y han puesto de manifiesto el impacto acumulativo de la negligencia, la corrupción y la mala gestión. PDVSA era una de las petroleras nacionales más avanzadas técnicamente hasta fines de la década de 1990; ahora es un cascarón vacío que preside la desaparición de la industria. La producción de crudo de Venezuela alcanzó un mínimo de 337.000 barriles por día en junio, solo 10% de la producción máxima del país en 2001. PDVSA no respondió a correos electrónicos ni a mensajes de texto solicitando comentarios.

Con la caída de la demanda mundial durante la pandemia, la realidad de Venezuela como en otros lugares es que el mundo está dejando de utilizar combustibles fósiles. Las economías dependientes del petróleo en todas partes del mundo necesitarán miles de millones de dólares para retirar de forma segura décadas de construcción de infraestructura, pero en el caso de Venezuela, el dinero no está y hay pocas perspectivas de ayuda externa, mientras que el legado de la industria se remonta a un siglo completo.

El nivel de negligencia ha sido brutal”, dijo Raúl Gallegos, director con sede en Bogotá de Control Risks, una firma de consultoría internacional. Además, el impacto solo va a empeorar ya que el Gobierno de Maduro “no se va a ninguna parte”, dijo.Zonas de pesca manchadas en Venezuela (Bloomberg)

Zonas de pesca manchadas en Venezuela (Bloomberg)

Maduro, quien reforzó su control del poder en las elecciones de la Asamblea Nacional este mes y que espera la salida de la Administración Trump, ha expresado su esperanza de mejorar las relaciones con Estados Unidos bajo el mandato del presidente electo, Joe Biden. Pero las perspectivas de un alivio en las sanciones parecen sombrías. Biden criticó el impulso de Trump por un cambio de régimen, pero también calificó de dictador a Maduro.

Venezuela exportó su primer barril de petróleo en 1539, cuando los registros muestran que se hizo un envío a la corte española para tratar el mal de la gota del emperador Carlos V. El lago de Maracaibo, una ensenada caribeña del tamaño de Connecticut, es donde la industria tuvo su verdadero comienzo.

Un siglo después del chorro inicial, las calles de Cabimas vuelven a estar sucias de crudo. El 18 de septiembre, a pocas cuadras del sitio del primer pozo, el petróleo fluyó burbujeante desde una acera residencial durante las fuertes lluvias e inundó varias calles, según videos y fotos publicados en Twitter.

Los derrames de petróleo son un subproducto crónico de la producción diaria en Venezuela, pero las sanciones limitan el alcance de la ayuda externa, incluso si Maduro buscara ayuda. Los derrames son más grandes y más frecuentes fuera de la vista en las llanuras del río Orinoco, donde se encuentran los ranchos ganaderos y los cultivos, según Ismael Hernández, experto en remediación de la Universidad Central de Venezuela. Maduro está priorizando los principales campos petroleros de la región como última medida para mantener algo de producción.

Monitorear y evaluar los derrames se está volviendo más difícil debido a los temores de represalias del Gobierno, dijo Alicia Villamizar, bióloga de la Universidad Simón Bolívar en Caracas.

Un ejemplo atroz se produjo en julio, cuando el petróleo de una refinería de PDVSA se derramó sobre la arena blanca y los arrecifes de coral del mundialmente famoso parque nacional Morrocoy, hogar de más de 1.000 especies marinas, muchas de ellas en peligro de extinción. Como signatario de las convenciones regionales sobre la salvaguarda del ecosistema del Caribe, Venezuela tiene el deber de proteger el área, dijo Villamizar, experto en manglares de la región. En cambio, dejó las primeras acciones de respuesta a la catástrofe en manos de grupos ambientalistas y locales.

Las autoridades minimizaron el incidente de Morrocoy y acusaron a grupos ambientalistas de exagerar el daño. El ministro de Medio Ambiente, Oswaldo Barbera, dijo en octubre que la costa de 25 kilómetros del parque había sido limpiada “al 100%” que “no se encontraría petróleo”.

Sin embargo, el daño ambiental sigue llegando. La refinería de El Palito, al oeste de Caracas, es propensa a accidentes e incendios debido a la falta de personal y piezas de repuesto. Los pozos de recolección de residuos de la refinería se desbordan y se derraman al Caribe cuando llueve, según las personas que trabajan allí. La playa cercana huele a gasóleo. Las imágenes de satélite compiladas por Eduardo Klein, coordinador del Centro para la Biodiversidad Marina de la Universidad Simón Bolívar, muestran salidas oscuras de las refinerías El Palito y Cardón como si estuvieran llorando petróleo en el Caribe.

La paradoja es que la caída en la producción de petróleo ha hecho nada para frenar las emisiones de Venezuela. Esto se debe a que la industria no puede capturar y usar tanto gas como lo hizo hace una década, por lo que lo quema. Solo Estados Unidos, Rusia, Irak e Irán, todos con una producción mucho mayor, quemaron más gas el año pasado, según un estudio del Banco Mundial.FOTO DE ARCHIVO. La refinería El Palito, que pertenece a PDVSA, en Puerto Cabello, en el estado de Carabobo. 2 de marzo de 2016. REUTERS/Marco Bello

FOTO DE ARCHIVO. La refinería El Palito, que pertenece a PDVSA, en Puerto Cabello, en el estado de Carabobo. 2 de marzo de 2016. REUTERS/Marco Bello

Ahora el tiempo toca a la puerta de la industria venezolana. La producción mundial de petróleo se redujo en respuesta al covid-19, y los socios de la OPEP+ de Venezuela están restringiendo la rapidez con que restauran la producción para poner un límite a los precios. Rusia, si bien es un aliado de Maduro desde hace mucho tiempo, produce un crudo pesado de grado similar y ha invadido algunos de los mercados tradicionales de Venezuela. El petróleo alquitrán de Canadá se ha quedado con los otros.

Es improbable que regresen las petroleras europeas que ayudaron a Venezuela a desarrollar sus campos de alquitrán a fines del siglo XX, incluso si Biden precipita una salida de Maduro. Shell y Total están bajo la presión de los accionistas para frenar las emisiones, y eso significa evitar los grados de crudo más cargados de carbono, como los del Orinoco.

Maduro sigue desafiante.

“Estamos preparados, nos hemos entrenado y a Venezuela no la detiene ni un barril a 10 ni a menos de 10 [dólares por barril]”, dijo en abril.

En Río Seco, las fuertes lluvias fuera de temporada arrastraron gran parte de los residuos crónicos de petróleo de las playas en noviembre, otorgando a los lugareños un alivio temporal. PDVSA aún no ha estimado los daños después del derrame, y los funcionarios le han dicho a la comunidad que están esperando financiamiento para poder ofrecer una compensación.

A Giovanny Medina, de 40 años y residente de Cardón, un pueblo pesquero al otro lado del golfo que ha logrado convivir con la refinería construida por Shell en 1949, no le preocupa la competencia de los pescadores desplazados de Río Seco. Su principal preocupación es que la incesante contaminación significa que debe llevar su bote de madera, conocido como peñero, a aguas más profundas, lo cual requiere más gasolina.

“No queremos pintar los cascos de nuestros barcos de blanco para cubrir las manchas de crudo”, dijo. “Estamos cansados de hacer eso”.

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