El protocolo se repite en todos los países: aquellos pacientes que están en cuidados intensivos no pueden ser visitados por allegados y en la mayoría de los casos mueren en soledad. Junto a otros tres profesionales Glenn Wakam sugirió una solución temporaria


La historia fue publicada en la revista de mayor prestigio de divulgación científica de los Estados UnidosThe New England Journal of Medicine. Es la de un médico llamado Glenn K. Wakam quien -junto a otros tres residentes y colegas- dieron a conocer lo que viven a diario en una unidad de cuidados intensivos en el hospital de la Universidad de Michigan, en Detroit. El texto, presentado en forma de diálogo entre él y otros especialistas que combaten a diario la pandemia por COVID-19, ilustra los momentos desgarradores que padecen tanto familiares como personal de la salud cuando un paciente está en estado crítico y a punto de partir.

El miedo a morir solo es casi universal, un hecho del que cualquier persona que haya atendido a un paciente crítico es muy consciente. Entonces, a veces hacemos todo lo posible para darles a los pacientes un poco más de tiempo para que los miembros de la familia lleguen y se despidan”, explicó Wakam, quien publicó el artículo en conjunto a John R. MontgomeryBen Biersterveld Craig Brown.

De acuerdo a los residentes, los parámetros para los que fueron preparados durante toda su carrera cambiaron con esta epidemia mundial de coronavirus Algo particularmente difícil es que en lugar de nuestra promesa habitual de que ‘haremos todo lo posible para mantenerlo con vida hasta que llegue aquí’, nos encontramos diciendo a las familias: ‘Debido a la política del hospital , no podemos permitir visitantes en este momento’. Esta conversación a veces tiene lugar en las puertas de la UCI (Unidad de Cuidados Intensivos), por teléfono o frente al hospital, mientras las familias ruegan ver a sus seres queridos antes de morir. Una solicitud aparentemente simple, que en otros tiempos sería alentada, se ha convertido en un dilema ético y de atención médica”.

El relato de los cuatro galenos se va entrelazando con la experiencia de otro de ellos que narra cómo es fue el momento en que tuvo que prohibirle a una esposa ver a su moribundo marido. “Durante las últimas 12 horas, su tratamiento ha progresado desde la intubación, hasta el posicionamiento propenso con oxígeno inspirado 100% fraccional, la parálisis inducida médicamente y finalmente la ventilación de dos niveles”, enumeraba uno de ellos el deterioro del paciente y temía: “Son las 11 pm, sospecho que mi paciente no sobrevivirá más allá de la mañana”.

Llamo a la esposa de la paciente para informarle sobre la evolución de su esposo. La conversación la hace sentir abrumada e impotente. Pide ir al hospital para estar con su esposo, o al menos verlo a través de la puerta de su habitación. Desafortunadamente, la enfermera encargada de la unidad me dijo que la política del hospital no permite visitas para pacientes que dieron positivo o están bajo investigación por COVID-19”, es la sentencia que tiene que comunicarle. Devastador. Para ambos.

La respuesta de la mujer no deja de ser tampoco devastadora: “¿Y si sólo paso 5 minutos y me voy?”. No. No existe tal posibilidad, le confirman. Las instituciones quieren impedir que cualquier contacto circunstancial pueda contagiar a otra persona. Pero además, que ese visitante deba utilizar insumos médicos que deberán ser fundamentales para su personal en momentos en que son escasos. De nuevo: imposible.

Este dilema ha llevado a algunas soluciones creativas: las enfermeras pueden acercar el teléfono de la cabecera al oído del paciente o llevar su teléfono inteligente personal a la habitación y sostenerlo mientras usa Skype, WhatsApp o FaceTime. Pero muchas enfermeras, debido a la preocupación sobre las reglas de privacidad, una gran carga de trabajo o una conectividad deficiente, no pueden ofrecer esa comunicación con la familia. E incluso si se realiza una llamada, es posible que las familias se sientan como si no pudieran decir adiós correctamente, y nos sentimos como si hubiera una mejor manera”, explicó Wakam.

El desenlace del hombre en cuidados intensivos, finalmente llegó. Así fue relatado por su médico: “La esposa de mi paciente llega al departamento de emergencias a la 1:30 a.m., a pesar de que le dijeron que no se le permitiría ver a su esposo. Voy a su encuentro y hablamos sobre el continuo declive. Desafortunadamente, en medio de la conversación, un Código Azul suena desde el altavoz para un paciente en la UCI. Me alejo y me encuentro entrando en la habitación de su esposo, donde la reanimación (RCP) ya está en progreso. Después de 90 minutos de RCP, epinefrina y desfibrilaciones, mi paciente aún no ha recuperado un pulso sostenido. Sombríamente pronuncio la hora de la muerte. Una de las enfermeras en el pasillo ha estado en contacto con la esposa durante todo el proceso y le ha informado de la muerte; ahora tiene a la esposa en FaceTime para poder ver a su esposo. Cuando lo reconoce en la imagen distorsionada, deja escapar un gemido de tristeza. Está en medio de sus despedidas finales cuando tengo que irme de la habitación: otro paciente con COVID-19 se está deteriorando algunas habitaciones más allá”.

Wakam explica junto a sus colegas: “Como residentes pasamos mucho tiempo experimentando escenarios similares (…). Fuimos testigos de más muertes en las últimas tres semanas que en todos nuestros años combinados«.

Finalmente, aconseja lo que según él podría ser una solución intermedia al dilema ético al que se enfrentan a diario y para el cual no hay ningún manual a disposición. “Creemos que el sistema de atención médica de los Estados Unidos puede mejorar”, advierten los profesionales y agregan que a medida que la “telemedicina y las reuniones virtuales se convierten en la nueva normalidad, también pueden hacerlo las telecomunicaciones entre pacientes aislados y sus familias”.

Quizás configurar una tableta frente al paciente o reutilizar una estación de trabajo sobre ruedas iniciada en un chat de video sería una solución. Recientemente, se ha proporcionado alguna orientación sobre conversaciones difíciles pero necesarias relacionadas con COVID-19 y las formas de reducir la distancia física que debemos mantener durante la pandemia. Es posible que tales esfuerzos no representen la medicina basada en evidencia que todos nos esforzamos por practicar, pero capturan parte del arte de cuidar no solo a los pacientes, sino también a sus familiares y amigos. La orientación nacional sería beneficiosa, ya que los recursos de gestión existentes de Covid-19 se quedan cortos. Puede que no haya forma de que las familias tomen las manos de los pacientes o los abrazen mientras mueren, pero con el cuidado y la compasión de los trabajadores de atención médica de primera línea, tal vez podamos aprovechar soluciones creativas para ayudarlos a sentir cierta conexión, mientras aún mantienen a todos seguro”, finalizaron los especialistas que combaten el coronavirus desde las primeras líneas.

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