El 22 de julio de 1991, Jeffrey Dahmer quedó detenido por la policía de Milwaukee, lugar donde nació y cometió sus diecisiete asesinatos, todos hombres.

Tras haber hecho gala de una inutilidad inigualable a lo largo de los años, de que Jeffrey se les escurriese de las manos en incontables ocasiones, los agentes locales dieron con él porque una víctima pudo hacer lo que las otras no: escapar.

Esa persona era Tracy Edwards, quien ni bien pudo salir del departamento de Dahmer corrió a dar aviso a la policía. Las fuerzas de seguridad se presentaron en la casa del asesino y descubrieron, entre otras cosas, que Jeffrey guardaba partes de cuerpos y fotografías de cadáveres. No hubo lugar ni a una sola duda de que era culpable.

Cuando el «Carnicero de Milwaukee» notó que no tenía escapatoria y que no podría negar ante la Justicia lo que hizo, decidió confesar sus crímenes con lujo de detalles. Por eso esta historia puede llegar a ser más repulsiva de lo normal.

El jurado consideró que el criminal estaba en su sano juicio, lo condenó a casi 900 años de prisión (quince perpetuas) y lo envió al Columbia Correctional Institution, en Portage.

QUIEN ERA JEFFREY DAHMER

Antes de comer cerebros humanos, el pequeño Jeffrey Dahmer se llevaba bien con sus amigos. Jugaba con sus compañeros como suelen hacerlo los chicos. Mientras tanto, sus padres Lionel y Joyce le daban amor.

Cuando tenía seis empezó a notar que en su casa había mucha tensión. Tensión es una sensación importante que Dahmer menciona siempre en sus entrevistas. Sus progenitores se estaban separando y se gritaban constantemente sin llegar nunca a la violencia física.

Esto a Jeffrey no le gustaba, por lo tanto en su hogar se volvió cada vez más retraído y tímido. En esa época, coincidencia o no, le encontró el gusto a la disección de animales.

El momento exacto en el que Jeffrey se dio cuenta de que abrir animales era lo suyo fue en una clase de biología de noveno grado, cuando tuvo que inspeccionar en clase el cuerpo de un cerdo.

DE DONDE VIENE SU OSCURIDAD

Cuando no estaba en el colegio, el niño Jeffrey Dahmer cazaba animales de zonas linderas, les abría los vientres y les sacaba los huesos.

La historia más espeluznante de esta etapa de su vida tiene que ver con el día que encontró un perro grande postrado en una ruta y se lo llevó con la idea de separar sus huesos de la carne, reconstruir el esqueleto y venderlo.

Finalmente no cumplió con su objetivo, pero hizo algo aún más truculento: le cortó la cabeza, la clavó en una estaca y la dejó en el bosque que había cerca de su casa.

Hasta un momento determinado de su vida, Jeffrey solo tenía estas actitudes con animales. Después llegaron los humanos. Llegó el ansia de control.

A los 14 o 15 años, «El Carnicero de Milwaukee» empezó a fantasear con encontrarse a alguien haciendo dedo, llevarlo en su auto a su casa y hacerle lo que quisiera. A los 18 cumplió su fantasía.

Lo que le daba placer

El protagonista de la historia encontraba en la disección de animales un placer “difícil de describir” relacionado al sentido del control.

De adolescente empezó a darse cuenta de que era homosexual. También comenzó a tener pensamientos obsesivos de violencia entremezclados con sexo. No sabía cómo contárselo a alguien y eso no contribuyó con lo que vendría después.

Cuando tenía 18, un día que volvía de tomar unas cervezas con unos amigos en Milwaukee se le presentó la oportunidad perfecta para cumplir con su fantasía: iba en su auto por la ruta y vio a un joven haciendo dedo.

Era 1978. El muchacho era Steven Hicks. “Ojalá hubiera seguido adelante”, dijo Dahmer décadas posteriores.

-¿Quieres subir a fumar marihuana? Comenzó Jeff.

-¡Por supuesto! Respondió Hicks sin sospechar ni un poco de su salvador.

Dahmer y Hicks fueron a la casa de «El Carnicero», que estaba vacía. Una vez allí, Jeffrey actuó motivado “por sus fantasías” y por su excitación por los órganos internos.

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Para poder dominarlo, Jeffrey le pegó a Hicks con una mancuerna y lo estranguló con el mismo objeto. Una vez muerto se masturbó sobre su cadáver.

Al día siguiente, Jeffrey compró un cuchillo, le abrió el vientre y se masturbó por segunda vez. Después despedazó el cuerpo, lo metió en una bolsa y lo guardó en el baúl de su auto. Se subió a su coche y partió rumbo al basurero más cercano.

De camino al cesto, Dahmer fue detenido por unos policías. Los agentes le hicieron la prueba de alcoholemia. La cual superó y le preguntaron qué llevaba atrás. Dahmer les dio una simple excusa y los policías lo dejaron ir.

Asustado por la secuencia, Jeffrey Dahmer regresó a su casa con los restos del hombre en el baúl y los escondió en unas tuberías que había en su sótano. Dos años después volvió al lugar, machacó los huesos de Hicks y los esparció por la maleza de alrededor de su patio.

CONTROLANDO LOS INSTINTOS

Tras haber cometido el primer asesinato Jeffrey Dahmer estuvo nueve años sin asesinar a nadie. En ese tiempo se separaron sus padres y se volvió adicto al alcohol y a las drogas. También se terminó de dar cuenta de sus preferencias sexuales. De nuevo, ocultó todo.

Lionel le insistió a su hijo que estudiara una carrera y Dahmer accedió y se anotó en la universidad y en el ejército. Lejos de encarrilarlo, de los dos lugares lo expulsaron por su nefasta conducta.

El siguiente intento que hicieron con Jeffrey fue enviarlo a vivir a la casa de su abuela. Creían que ella podría ayudarlo con su situación. Y lo hizo. La convivencia del joven con la señora sirvió para que dejara las drogas y el alcohol.

Pasaban los años y Jeffrey seguía reprimiendo sus impulsos de control y sexo. Hubo un momento en el que no aguantó más.

EL SEGUNDO CRIMEN

Antes de guardarse el cráneo de Steven Tuomi, Jeffrey Dahmer amagó dos veces con hacer cosas extrañas y malévolas.

En 1984 casi desentierra el cadáver de un chico atractivo pero cuando llegó al cementerio se arrepintió porque las condiciones del suelo no eran las ideales. En 1986, la policía lo detuvo por exhibicionismo público.

Un año después de su primer encuentro con los agentes del orden, Dahmer mató por segunda vez y dejó entrever lo que luego sería su modus operandi.

Asistió a un bar de Milwaukee, conoció a Tuomi y, como con Hicks, fueron juntos a su casa. Le puso una pastilla en su bebida porque quería acostarse con él y desde ese momento hay una apagón en la mente de Dahmer. No recuerda que sucedió.

Lo cierto es que cuando se despertaron Steven estaba sin vida colgando de la cama y ensangrentado.

Jeffrey luego diría que no recuerda cómo asesinó a Steven, pero que probablemente lo hizo a golpes. Lo que sí rememora es cómo se deshizo del cuerpo mutilado y que se guardó durante unos días el cráneo, objeto al que luego blanqueó por gusto personal.

“La obsesión entró en pleno funcionamiento”, diría luego sobre esta época.

SU APETITO SEXUAL

Desde ese momento, el objetivo de Jeffrey Dahmer siempre fue el mismo. El cual era encontrar el chico más guapo que había (sin importarle su preferencia sexual y con una leve inclinación hacia los musculosos y atléticos), tenerlo consigo el tiempo que quisiera y poder hacerle cualquier cosa.

Asesinar, según él, era un medio para lo que venía después. “Se necesitaron comportamientos cada vez más desviados para satisfacer mis impulsos”, explicaría Dahmer una vez encerrado.

“El Carnicero de Milwaukee” eligió a sus víctimas porque llevaban un estilo de vida lujurioso como el suyo y porque creía que eran personas que nadie iba a reclamar. De hecho, pudo asesinar en diecisiete ocasiones sin que en su pueblo hubiera rumores de desapariciones.

El modus operandi de Jeffrey Dahmer era el siguiente: invitaba a los hombres a su casa, veían juntos pornografía, les sacaba fotos, los drogaba, los estrangulaba y después tenía sexo con el cadáver y se masturbaba sobre él. A veces se bebía la sangre.

Una vez consumado el ritual descuartizaba a las víctimas, disolvía los cuerpos en ácido, tiraba los restos a la basura y se guardaba alguna que otra parte.

EL CANÍBAL

Jeffrey Dahmer encontró placer sexual y llegó a la sensación de control absoluto devorándose los cerebros de algunas de sus víctimas. Lo hizo en el último tiempo que mató.

Sentía que cada vez que se comía un cerebro o bebía la sangre de alguien esa persona se convertía en una parte permanente de él. A los cráneos que guardaba como trofeos no solo los blanqueaba sino que también los barnizaba así no parecían los de los anuncios.

Hannibal Lecter era Heidi al lado de Jeffrey Dahmer. Varios de sus «souvenirs» fueron descubiertos por la policía y uno de ellos casi por su padre Lionel. Dahmer recuerda que uno de los momentos más intensos que vivió en su vida fue cuando su papá descubrió que en su casa tenía una misteriosa caja.

Lionel bajó al sótano con la caja dispuesto a abrirla, pero tras una discusión Jeffrey evitó que lo hiciera.

Finalmente después se supo que en la caja había una cabeza y unos testículos congelados. “Pensé que se derrumbaría”, confesaría Dahmer sobre ese episodio.

Otro momento en el que su familia casi lo descubre es cuando tiró restos acidificados de cuerpo humano en el cesto de su hogar.

EL IMPENSADO FINAL

Jeffrey Dahmer no duró ni cuatro años en prisión. Mientras estuvo encerrado concedió entrevistas a los medios y recompuso la relación con Lionel, quien escribió un libro contando su experiencia con lo que le hizo su hijo.

Se abocó al catolicismo y trabajó pacífica y solitariamente durante su encierro hasta que Christopher Scarver, un compañero esquizofrénico, le dio con una barra de pesas en la cabeza y lo mató.

UNA SERIE EN NETFLIX

Ryan Murphy está preparando una serie para Netflix sobre Jeffrey Dahmer. El proyecto se llama Monster: The Jeffrey Dahmer Story y tiene a Evan Peters como protagonista, un actor muy similar al monstruo real. Una historia que contara las atrocidades de uno de los asesinos mas sanguinarios y atroces de la historia de la humanidad.

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