Ana es una de las tantas mujeres que caminan las noches de Caracas, intentando esquivar la violencia para ganarse la vida, a cambio de servicios sexuales, a los que se dedica desde hace al menos cuatro años.

Con disgusto y miedo, Ana narra cómo en una oportunidad fue víctima de una violación. Un sujeto, en aparente estado de ebriedad, decidió forzarla a tener relaciones sexuales, a pesar de que ella se negó en reiteradas oportunidades.

«Me violaron, golpearon, torturaron. Fue un daño irreparable», aseguró la mujer, cuyo rostro aún muestra las marcas que dejó aquel episodio.

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Ana ofrece diferentes precios, que van desde los $6 hasta los $20. Si su cliente no tiene cómo pagar en divisas, acepta cualquier bien que le haga falta en la nevera de su casa. Carne, pollo y hasta harina de maíz han sido elementos «bien recibidos» por esta mujer, que la vida la llevó a tener que prostituirse.

«Yo tengo que comer, necesito pagar alquiler y deudas», dijo Ana, cuyo tono de voz confundió a este entrevistador, quien inocentemente llegó a pensar que rondaba los 40 años, pero que en realidad tiene 26.

Prostitutas de Caracas ahora cambian sexo por comida
Foto cortesía

Lo más difícil de las prostitutas, según Ana, es cuidarse de las malas juntas. Proxenetas, criminales y «bandas rivales» de prostitutas, quienes armadas con cuchillos o botellas protagonizan sendas peleas.

«Las de este sector (Nuevo Circo) no se llevan bien con las de Chacaíto, por ejemplo. Entonces cada vez que se topan, comienza la guerra», dijo la mujer, a la vez que mostraba un puñal improvisado.

VIOLENCIA, SEXO Y SANGRE

En algunas oportunidades, comentó Ana, tiene que soportar burlas por parte de uniformados, quienes deberían resguardar a todos los ciudadanos, independientemente de su sexo, raza, religión o trabajo.

«Si no les pelas una nalga, o una teta, amerita una golpiza o hasta te pueden llevar detenida. Por eso uno se cuida, andamos juntas siempre. Estar sola en la calle es como una sentencia de muerte», acotó.

Comenzaba a caer la noche en Caracas y Ana, preocupada, no había concretado a ningún cliente. Por lo tanto, sabe que le toca recorrer las oscuras noches de la capital, buscando a cualquier hombre que compre sus servicios. Como en cada anochecer, comienza a maquillarse. Su jornada, que puede ser letal, acaba de empezar.

*Ana es un nombre ficticio. El verdadero quedará bajo resguardo, para proteger su identidad.

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